domingo, 10 de julio de 2011

El qué de la moral

El qué de la moral
Alejandro Moreno

Estaban en una fiesta. Bailaban el reggaetón. Hubo una pequeña disputa. El baile de siguió con dos menos que se fueron bravos. Regresaron y dispararon sobre todos. Tres muertos y algunos heridos. Nada extraordinario. Llegar disparando a tutti li mundi se ha convertido en hábito. Muerte al ritmo de reggaetón. Al ritmo de la música y al de las palabras. ¿Qué diría la letra de las canciones que los ahora muertos oían? No lo sé; pero sí la de aquellas que escuchaba una niña de once años y que me tradujo porque no resulta fácil comprenderlas entre el barullo de los sonidos: “si los pillo por la calle, prrrum (disparos, dice la niña), si los pillo en la disco, prrrum (más disparos), si los pillo en la acera, prrrum, prrrum, prrrum, prrrum (disparos sin término)”; “sácala (la pistola, lo sabe la niña), dale, úsala, no tengas miedo, si es cuestión de morir, primero que se mueran ellos”; “vamos a darle fuego a toa esa mafia boba, ahora los mato y los paseo en el baúl de un Nova”; “dale pa que le revientes los sesos, déjale caer to el peso; pa los enemigos plomo y pa las gatas beso, déjalo tieso”.

Es una exigua selección. No son músicas y letras underground aunque vengan quizás de allí. Todo lícito, legal, justificado. Circula libremente en la actualidad. Los grupos lo cantan, las disqueras lo graban, las tiendas lo venden, cualquiera lo compra, lo bailan los jóvenes, lo escuchan y lo entienden los niños, quizás no lo entiendan todos los mayores. “Yo sé que eso que cantan es malo, pero me gusta la música”, dice la niña. Sabe discernir. ¿Hasta cuándo? ¿Disciernen todos?
La gente se queja de que se pierden los valores. Los valores guían la conducta. Actuamos a la luz y bajo la égida de los valores que viven en lo profundo de nuestro ser. Valor es lo que se escoge y se prefiere; lo que se quiere. Valor es lo que se ama. Hay realidades que deben ser valores, que deben ser escogidas, preferidas, queridas, amadas por encima de muchas o de todas otras, aunque no siempre ni por todos lo sean. Esos son los valores necesarios pues, si no son valores, la existencia de la misma humanidad está en peligro. Sobre los valores necesarios se basa la moral, el sistema de normas que distinguen la conducta humanamente (en relación al hombre) buena de la conducta humanamente mala (dañina para el hombre).

Entre todos los valores, el valor supremo, absolutamente necesario, primero y último, es el hombre, la persona. La persona no es un valor; es el valor, y punto. Ni siquiera Dios está por encima. Y esto no es una blasfemia. El mismo se ha puesto, como valor, a la altura del hombre cuando colocó en el mismo plano y convirtió en uno solo el doble mandamiento del amor a El y el amor al prójimo: “el segundo es como (no menos importante que) el primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22,37-40).

Creencias, teorías, doctrinas políticas, religiosas, grupos de poder, coalición de intereses y muchos otros factores que se han convertido en valor por encima de la persona siempre ha habido en las sociedades y en las culturas, pero no siempre han dominado. Cuando lo han logrado, la guerra, la esclavitud, la muerte, el dolor se han instalado en ellas; el reino de la inmoralidad.
Hoy en Venezuela para los  malandros su delito es el valor. Ya están en el reino de la inmoralidad. Cuando circula libremente el lenguaje de la muerte, de la antipersona, en el canto, en la imagen, en la palabra de los que líderizan la  sociedad, se van sembrando las semillas de un futuro inhumano.

Todavía no ha llegado plenamente, pero se nos acerca. El valor persona aun vive en nuestro pueblo.  ¿Qué haremos para que ese porvenir no nos alcance?

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