sábado, 15 de octubre de 2011

¿Cuánto educa la escuela?

¿Cuánto educa la escuela?
Alejandro Moreno

“De seguir así, la figura de las cárceles pasará a las escuelas”. Lo dice Gloria Perdomo que lleva muchos años metida en la candela. Y añade: “El liderazgo en las escuelas caraqueñas está distorsionado: lo malos son los mejores”. Y sigue: “Hay muchachos que entran con armas al colegio”. Juntemos las tres cosas y tendremos el “pranato” dentro del templo tradicional de la educación. Un pran adolescente puede ser más cruel que uno adulto. CECODAP por un lado y el Centro Gumilla por otro han estudiado, estudian y tendrán que seguir estudiando la violencia en la escuela tanto pública como privada. Se da en ambas. Hace diecinueve años, la telenovela “Por estas calles” comenzaba precisamente con una escena en la que un muchacho se presentaba con una pistola en la escuelita del barrio. Impactó al público porque parecía inconcebible y quizás muchos pensaron que eso eran fantasías de guionistas desocupados. Hoy las declaraciones de Gloria no impactan tanto pero aterran mucho más. ¿No se ha dicho siempre que la educación, y se piensa sobre todo en la escolar, es la solución al problema de la violencia?
Empecemos por separar educación y escuela. La escuela ha sido hasta ahora un espacio privilegiado para la educación de masas. Y sus logros, por lo menos en el plano de la instrucción, pero no sólo, ahí están. Hoy las cosas parecen haber cambiado. Si, según las cifras oficiales –Memoria del Ministerio de Educación--  la mitad de los jóvenes caraqueños no termina sus estudios de media, eso quiere decir que la mitad de nuestros adolescentes pasan a la calle --¿Qué madre puede tener encerrado en casa a un joven de 14 a 18 años?— en el período más delicado del desarrollo de su personalidad. El delito de todo tipo y la violencia más extrema tienen ahí de dónde reclutar actores. Además,
la escuela, ella misma, está siendo inficcionada por la violencia extrema de modo que la acción educacional se pone en jaque.
Educar es mucho más que enseñar en una institución. Es acompañar con orientación, guía, protección y apoyo al ser humano en la formación de su manera de estar en el mundo y de ejercer su vida. Razón, religión y cariño, decía Don Bosco, son los pilares de una buena educación y han de ponerse en práctica desde el seno familiar. El no creyente pensará que de la religión se puede prescindir. Respetamos su idea pero aceptará que una ética es indispensable. Ahora bien, para el mismo Don Bosco, el espacio privilegiado para la acción de esos tres factores dinámicos de la formación de la persona no era el salón de clase ni la capilla sino el patio. El patio era para él el lugar donde los niños y jóvenes pueden liberar sus energías en el juego, en la camaradería, en el trato desinhibido con los educadores. Patio no es de por sí la cancha de ningún deporte sometido a reglas, lo que no se excluye en tiempos específicos, sino el campo de la caimanera, de la pelotica de goma, de la ere o de policías y ladrones, el lugar donde se conversa, se cuentan chistes y aventuras falsas y donde el educador puede hacerse amigo, poner en práctica el cariño. No abundan los patios en nuestras escuelas oficiales de barrio más recientes y, si los hay, son mínimos. Lejos quedan los tiempos del presidente Medina. El propio patio en el barrio es hoy la calle. Sin dejar la escuela, sanándola, ¿por qué no pensar en un programa masivo de educación de calle para todos los que están en ella? La calle o la casa del vecino o la escalera como el donde toda persona de buena voluntad, asesorada, ejerza su cariñosa acción educadora como espontáneamente lo hace el amigo que cité en mi artículo anterior. En los barrios sobran candidatos.

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